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La importancia de perdonar y de pedir perdón


Seamos sinceros, a nadie le gusta reconocer sus fallos. Cuando somos pequeños se espera que nos disculpemos cuando lastimamos a nuestros amigos, compañeros o familiares, pero, con el tiempo, parece que esta facultad va disminuyendo y en su lugar muchas veces se instala el orgullo, la arrogancia o la cobardía.

Hay muchas circunstancias diarias en las que nos encontramos con que deberíamos pedir perdón o perdonar, así que cuanto antes comprendamos que es un tema con el que hay que vivir a diario, antes nos acostumbraremos a perdonar con facilidad y sin reservas. “Nunca arruines una disculpa con una excusa”, dijo Benjamín Franklin.

“Perdonad y seréis perdonados” (Evangelio, Lucas 6:37)

Y podríamos añadir: “…y entraréis en el reino de los optimistas”. Y es que el perdón es el modo de reconciliar cualquier relación herida y un paso necesario hacia la convivencia. Aunque a veces cuesta dar este paso tan simple, que se resume en dos palabras: “lo siento”. La realidad es que resistirse a perdonar crueldades, fallos o traiciones es una respuesta muy humana, aunque hay personas que perdonan con más facilidad que otros. Lo curioso es que, ante los mismos agravios o ultrajes, cuanto más optimista es la persona, mayor es su inclinación a perdonar.

El perdón es saludable.

Perdonar y ser perdonado es clave para el bienestar físico y emocional. De entrada, beneficia al corazón, la presión arterial, el sistema inmunológico y el estado emocional, tal y como demuestran algunos estudios realizados en la Universidad de Stanford (donde también se ofrecen talleres específicos del perdón). De hecho, la capacidad de perdonar es una cualidad muy útil para convivir, especialmente a la hora de resolver los conflictos cotidianos en la relaciones con los demás. Distanciarse de un hecho penoso y liberarse de los prejuicios pasados facilita la paz interior.

“Una disculpa sincera es el superpegamento que lo repara casi todo”, Lynn Johnston, caricaturista canadiense.

No perdonar, por el contrario, sólo produce más dolor. El problema de quienes no perdonan es que permanecen estancados en su pasado doloroso, obsesionados, amargados, y a veces ofuscados con los ajustes de cuentas. Viven presos de su propio rencor y no consiguen la paz interior.

Perdonar o no, una opción personal

El bajo-barítono estadounidense Simon Estes, nieto de esclavos y heredero de un pasado difícil, es un ejemplo de lo que significa perdonar para avanzar. Cuenta que su padre sufría fuertes dolores abdominales que el médico identificó como una dolencia cardiovascular. Viendo que no mejoraba, el joven Simon pidió al médico un reconocimiento cardiológico. Sin embargo, este se negó y le espetó que su padre moriría igualmente. Al día siguiente su padre falleció, pero de apendicitis.

Lo lógico hubiera sido odiar al médico y negarle el perdón. Sin embargo, su madre le recordó que no había que odiar, porque cuando la amargura se instala en el corazón, este se enferma. Y le hizo caso.

Estes no conoce el rencor y piensa que “hay que tener el valor de perdonar”. Sigue en activo y recauda fondos para la lucha contra la malaria en África. Aparte, tiene su propia Fundación que ayuda a los jóvenes sin recursos para poder estudiar una carrera.

El perdón no hace que se olvide el daño, pero sí ayuda a explicarlo y entenderlo desde una perspectiva menos personal y más amplia. Induce aceptar que los errores, el sufrimiento y la maldad forman parte de la vida. Quizá fue por eso que el poeta Inglés Alexander Pope dijo aquello de que “errar es humano; perdonar, divino”.

Fuentes y más información:

Corazón y mente, Valentín Fuster y Luis Rojas Marcos (Planeta)

Universidad de Stanford

La Vanguardia (La Contra)

Imagen: Pinterest

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